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A nadie se le escapa la importancia de la sal en épocas primitivas.
Esta es una de las razones que hicieron de las riberas del Mediterráneo
la cuna de la civilización. De hecho, el desenvolvimiento humano está
ligado a las posibilidades de su aprovechamiento de sal.
La importancia y antigüedad de nuestras salinas lo confirman las
instalaciones de época romana de los Baños de la Reina. En aquellas
fechas el uso de la sal era primordial para la factoría de salazón del
Morelló. La sal era un artículo de muchísima importancia ,no sólo como
condimento, sino también como principal medio empleado en la cura del
pescado y la salazón de la carne.
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Por Andrés Ortolà Tomàs
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No olvidemos que en dicha factoría necesitaban grandes
cantidades de sal para conservar y sazonar el pescado y para la fabricación
del garum del que hablaremos otro día.
Existe un desconocimiento total del funcionamiento de la salina en los
siglos posteriores a los romanos. No sabemos si estas salinas
llegaron a formar parte del patrimonio del obispado visigodo de Denia, ni
tampoco si los musulmanes la utilizaron plenamente, aunque debido a la
necesidad de sal existente en aquella época suponemos que seguirían en
plena producción hasta la llegada del rey Jaume I.
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El 13 de Junio de 1260 en documento firmado en Barcelona el rey
concede las salinas de Calpe a Bernat de Clora y los suyos a condición de
que entreguen las 4/5 partes de toda la sal y de todos los derechos que en
adelante produjeren. En una esfera más prosaica, la sal ha dado motivo a
los mayores abusos. Como quiera que es una materia indispensable, los
reyes pensaron inmediatamente en venderla en provecho propio y luego la
impusieron a sus súbditos. El impuesto sobre la sal llamado gabela, nació
de este modo y constituyó una de las más onerosas servidumbres fiscales.
Toda persona, hasta los niños, venía obligada a comprar en una
determinada salina una cantidad estipulada de sal. este respecto, es
muy aclaratorio el documento firmado por el rey en Egea el 29 de Noviembre
de 1263 arrendando las salinas a Guillermo de Narbona, militar, por cinco
años; dejando a favor del arrendatario el aumento de los derechos y
utilidades si los hubiere, con tal de que este respete los fueros de los
cristianos y el modo de tributar de los sarracenos; comprometiéndose el
rey Jaume, por su parte, a obligar a todos los habitantes del reino
“ultra” el Jucar, a que se aprovisionen solamente de la sal de
las salinas de Castellón y de Calpe.
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El transporte de sal desde Calpe se efectuaba mayoritariamente por mar
con el consiguiente peligro musulmán que solían asaltar las barcazas,
sobre todo en el siglo XVII y XVIII. Para el transporte por tierra se
utilizaban animales debido al estado desastroso de los caminos de la
comarca que eran todos de herradura hasta final del siglo XIX en que se
abre el camino carretero.
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Durante más de 500 años los arrendatarios fueron personas
importantes y en muchos casos los administradores cometían fraudes y tenían
las instalaciones en un estado total de abandono. Tal es el caso de Manuel Garullo administrador de las salinas entre 1730-40 y que tuvo varios
pleitos a lo largo de estos años. El último en 1740 en el que se le
acusa del abandono en que tiene las salinas, la casa, el salero y la
ermita.
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Parece ser que la salina como tal deja de funcionar en 1750
aproximadamente .En 1792 Josep Cavanilles (descubridor de los mosaicos de
los Baños de la Reina) dice “había unas salinas que se abandonaron
estos últimos años”.A partir de esta época, a zona del saladar entra
en una etapa de deterioro y se convierte en foco de infección por las
aguas que se encharcan en los años lluviosos.
En 1845 el diccionario de Pascual Madoz dice que las salinas están
secas.
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El siguiente documento del que tenemos noticia, lleva fecha del 14 de
marzo de 1918 y es la escritura de compra-venta de aquellas tierras del
saladar a Juana Signes Costa y a los hermanos Rosa, Josefa y José Salvá
Mulet ,vecinos todos ellos de Gata de Gorgos. Venden a la Sociedad
Buigues Hermanos la finca de 44 Hectáreas “plantada parte de viñas,
cereales y el resto en casi su totalidad destinada a pastos“ con una casa de labor.
Como podemos ver, parte de las tierras de las antiguas salinas se habían
convertido en el siglo pasado en tierras de labor. Fue Vicente Buigues Ferrando, padre de los Buigues el que en 1917 inició la explotación
de la salina que hemos conocido. Este hombre excepcional construyó las
nuevas balsas para producir sal arrancando las cepas que habían plantado
los anteriores propietarios, construye acequias acequias de canalización
de las aguas pluviales y consigue erradicar los temibles mosquitos
anofeles que proliferaban en las charcas de agua dulce del saladar,
inundando las charcas con agua de mar.
Su primera cosecha de sal (a mediados de los años 20) no llegó a las
dos toneladas y los hombres cortaban las láminas de sal con ganchos
formando cuadros y volteándolos con las manos hacían montones. Durante
bastante tiempo se conservó una balsa grande en la que había pescado.
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Sin duda las mejoras más importantes en la salina se produjeron
durante la administración de Antonio Buigues Vives hijo de Vicente y que
gestionó la empresa de 1940 a 1960.En esa época se construyó una
acequia que recorría todo el perímetro exterior de las salinas, se
mecanizó con un motor semi-diesel y posteriormente con uno eléctrico ,la
entrada de agua de mar a las salinas, se pusieron molinos nuevos, se
construyeron nuevas balsas y se arreglaron las restantes.
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Hasta 1972 la familia Buigues explotan directamente las salinas.
En esas fechas la arriendan a José Sanchis “El Saleroso” de
Gandia su mejor cliente. Los “salerosos” Pepe y Andrés Sanchis,
gestionan la sal hasta 1988 en que definitivamente deja de funcionar.
Durante los años de gestión del Saleroso se encarga de la producción y
recolección el hombre de confianza de los Buigues y posteriormente de los
Sanchis, José Ortolá Avargues, padre del autor de estas líneas y que a
sus 86 años es el último hombre que sabe “hacer sal”.
Las salinas de Calpe fueron declaradas zona marítimo
terrestre en 1993 expropiándoselas a sus legítimos propietarios sin
compensación alguna.
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