Ali Ben Cofar
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CALPINOS EN LA HISTORIA Y EN LA LEYENDA : ALI BEN COFAR
Nació nuestro héroe en Toix, en una pobre casucha, siendo sus padres moriscos, como él. Corría el año 1710, cuando Ali vio la primera luz en aquel lugar, poblado de pinos, higueras, chumberas y parrales, frente al mar, de cara al peñón de lfach, en unos tiempos revueltos en que con frecuencia se producían desembarcos de árabes (tunecinos, bereberes, moros), con mayor o menor fortuna.
Ali creció en aquel ambiente de pobreza y de recelo, pues eran muchos los enemigos que tenían los que de una manera más o menos convincente, se habían bautizado convirtiéndose a la religión de los cristianos, para tratar de vivir en paz, en aquel ambiente que les era tremendamente hostil.
Su padre murió en una refriega habida en Oltá entre habitantes del pueblo y otros moriscos, por disputas y diferencias que no siempre tenían por motivo las creencias religiosas si no más bien era consecuencia de intereses más o menos encubiertos.
Ali, el mayor de cinco hermanos, tuvo que suplir la ausencia del padre y muy joven aún, ayudar a su madre en las faenas del campo, único medio por aquel entonces de procurarse algo para poder seguir viviendo.
Alto, enjuto, de aspecto fuerte y musculoso, tez bronceada y mirada penetrante y altiva, nuestro personaje a la par que trabajaba en el campo, descendía al mar y con artes primitivas, tales como el arpón y el gancho se procuraba con frecuencia "llobarros", meros, pulpos y otras clases de peces con que ayudar a los suyos a alimentarse. Sobre todo, era muy diestro con la "fitora y aquellos parajes de "les urques", la "còva de la Oroneta" el "racó de Gasparo" y otros eran sus sitios predilectos, donde en muchas ocasiones realizaba pescas considerables.
Su madre, "la velleta de Toix", una vez atendidas las necesidades de casa, bajaba al pueblo a vender el resto del pescado para procurarse unos céntimos.
Calzados con sus alborgas o simplemente con los pies descalzos, Ali recorría toda la costa, sobre todo entre Altea y Moraira y por el interior en la ladera opuesta de Oltá, por Canelles hasta Benisa. Conocía todos y cada uno de los barrancos, simas, oquedades y consecuentemente, todo aquel territorio, no tenía secretos para él. Desde la altura del "dit" de Oltá hasta la "barreta" del Collado, pasando por los altos de "la Mòla", el desfiladero existente entre Toix y el "Mascarat", el "castellet" y la "Còva dels Coloms" todo aquel majestuoso paisaje volcado al mar, eran de su total dominio.
Había conocido y vivido muchas injusticias. Presenció, en más de una ocasión cómo sus hermanos de raza que habían sido deportados a la fuerza, iban en caravanas incesantes hacia Denia y otros puertos de embarque, donde estaban prestas las naves que los transportaban hacia Marruecos o Argelia. Y en más de una ocasión presenció cómo sus hermanos de raza eran expoliados por bandidos que se aprovechaban del éxodo de aquellos infelices, para robarles los escasos ahorros que habían podido conservar, después que sus propiedades tuvieron que ser mal vendidas con la precipitación de la huida. Estos y otros hechos parecidos, indujeron a Ali a tramar su venganza, prescindiendo de su calidad de converso y se trazó un plan para llevar a cabo su obra obsesionante. En efecto: no le resultó difícil entablar contacto con gentes de su raza que frecuentemente asaltaban los poblados de la costa desde Santa Pola hasta las playas de Cullera y pacientemente aguardó la ocasión para dar el gran golpe que habría de compensarle de todas las injusticias sufridas por los suyos.
Por fin, se presentó la ocasión: el 22 de octubre de i 744, al amanecer, divisó nuestro héroe desde su atalaya situada en Toix, una escuadra compuesta por cinco "fustas" - embarcaciones de dos palos - que enfilando el peñón de Ifach, a la altura del "Carallot" se aprestaban al desembarco. Ali, a grandes zancadas, se dirigió a la playa del "Bol", lugar convenido para la operación y Alí poniéndose al frente de los invasores, emprendió el asalto al pueblo, aprovechando el desconcierto de los vecinos, sorprendidos por la inaudita invasión. Los primeros momentos fueron de marcha arrolladora y ascendiendo rápidamente hasta alcanzar el "Portal de la Mar" que lo rebasaron ampliamente, subiendo por las empinadas pendientes (actuales calles de Puchalt, Cementerio Viejo y Dos de Mayo) y llegando al recinto de la Ciudadela y de su puerta principal, el "Portalet", se aprestaron al asalto final. Cuando ya tenían la victoria al alcance de la mano y mientras Alí-Ben-Cófar arengaba a los suyos para cubrir el tramo final del asalto, fue cuando se produjo el hecho sorprendente: habiéndose dejado las puertas del Portalet abiertas a los vecinos del pueblo en su precipitada huida, "Caragól" el de Canelles, bien conocido por Ali, cerró él sólo las enormes puertas que precisaban de varios hombres para hacerlo y con una fuerza y una destreza insospechada, hizo posible que se trocara en victoria lo que presagiaba ser una derrota completa.
La reacción de Ali no se hizo esperar: asombrado ante el portentoso hecho, fue tal la rabia y el despecho, que cayó, como fulminado por el rayo, aquel gigantón, al pie mismo de las pesadas puertas del Portalet.
Así concluyó la vida de aquel calpino cuando apenas contaba los treinta y cuatro años de existencia.
UN VIEJO CALPINO