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Benissa. Desfile Moros y Cristianos 01 Julio 2001. Moros i Crsitians

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Filà Zairenyes Filà Zairenyes Filà Zairenyes Ambaixadora del Bàndol Moro: Raquel Palací Sanz
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CALIFAS 

EL Califato Omeya de Córdoba 929-1031 (Mezquita de Córdona)
El Emirato cordobés venía sufriendo una serie de incursiones normandas en el litoral peninsular, que junto a una rebelión interna por mozárabes y muladíes creaban una situación de inestabilidad, que es resuelta por el entonces emir omeya Abd al-Rahman III, que logró reducir a los rebeldes, rechazó a las fatimíes de Túnez, mantuvo las fronteras con los reinos cristianos del norte y tras el vacío del califato de Oriente, se autoproclamó califa y príncipe de los creyentes. De esta manera obtuvo unidad interna y autoridad para predicar la inminente «guerra santa» contra tos cristianos, sin olvidar su anhelo expansionista sobre la Península Ibérica y sobre el norte de África. 
Córdoba se convirtió en la capital del Califato, rivalizando así con Bagdad durante más de un siglo en poder, prestigio, arte y cultura. 
El nuevo califa adoptó para su corte la etiqueta abassí, con pomposas recepciones en palacio y fastuosos desfiles por la ciudad. El califa, sentado sobre trono, sin corona, ostentaba el cetro de extremo curvo en la mano que junto con el anillo eran los símbolos del poder califal. Tras la proclamación del califa, la aristocracia le presentaba juramento de fidelidad por orden jerárquico; mientras la plebe lo hacía en las mezquitas ante un delegado del califa. Et califa era el máximo “jefe espiritual» por lo tanto era el «Imán» y debía inspirar todas las normas y leyes sobre los principios del Corán. Como rito se ofrecía el malakí, con toda su rigidez, aunque, por norma general, el islamismo peninsular no destacó por su espiritualidad. El califa actuaba como un soberano autócrata, que podía disponer de la vida de sus súbditos, ejercía como juez supremo en última instancia presidía las oraciones del viernes en la Mezquita Mayor. Su nombre garantizaba la acuñación de moneda y la Hacienda era regida a su gusto. El tesoro del Estado se custodiaba en Palacio, independientemente del tesoro personal del Califa, que según datos de La época fue muy elevado. También las mezquitas podían atesorar dinero para fundaciones pías (Habices).
La administración califal se concentraba en Córdoba. El HACHIB o primer ministro presidía las reuniones de tos VISIRES o ministros. Cada DIVAN o ministerio tenía su secretario a Kátib. Para fortalecer el poder se asignaron feudos a los WALlS ( gobernadores) de las coras o provincias, y éstas se subdividían en distritos o TAHAS según criterios geográficos o étnicos. La cora o provincia de Balansya (“actual provincia valenciana”) era de segundo orden, ya que en el siglo X el peso económico, demográfica y cultural de la ciudad de Valencia no permitía una entidad administrativa de la misma manera que, sí existían, unas coras de Jaén, Toledo y Almería. Según la crónica anónima de Abd al-Rahman III, para el año 929 hay dos gobernadores, uno en la ciudad de Valencia y otra en Játiva, ya que ninguna de las dos ciudades reunía suficiente entidad para convertirse en circunscripción administrativa de todo el territorio levantino. Es de constatar que mientras las provincias más importantes estaban gobernadas por familiares del califa, en Balansya el gobernador era miembro de una familia beréber nofzí. Esta provocó que muchas familias bereberes de la zona valenciana, se arabizaran adoptando falsas genealogías, en busca de mayor prestigio social. En los últimos tiempos del Califato, dada la poca importancia demográfica de Valencia, se crearon macro-cora que incluían lo de Tudmir, Ondara, Valencia, Tortosa e incluso las Baleares.
Es de destacar que la población en los siglos X y XI se concentraba en el valle del Ebro y en el del Guadalquivir, principalmente; pero era CORDOBA el centro urbanístico más importante. Esta ciudad tenía unas 300 mezquitas, similar número de escuelas, universidades, zocos, mercados especializados en libras, industrias de cordobanes y papel. Se calcula que sobrepasaba los 250.000 habitantes, pues según un censo efectuado a finales del siglo X daba tos siguientes datos:
• Casas de grandes dignatarios y personalidades: 60.300
• Casas habitadas par el resto del pueblo: 213.077
• Tiendas, almacenes, talleres, etc.: 80.455
Esta ciudad era un crisol de razas y culturas, pues fueron muchos los intercambios de gentes y personajes ( sabios, médicos, literarios, poetas. embajadores, etc.) que de Oriente vinieron y viceversa, cabe advertir que la mujer en Córdoba estaba mejor considerada que en el resto del mundo islámico, ya que habían mujeres poetas y más de ciento sesenta de ellas se ganaban ta vida copiando manuscritos en las bibliotecas califales.
Córdoba ocupaba una extensión de 24 kilómetros de Este a Oeste y 6 kilómetros de Norte a Sur. Teniendo en cuenta la posible exageración que nos proporcionan estos datos y comparando con otras fuentes, se puede decir que ninguna ciudad del mundo occidental superaba en estas cifras a la Córdoba califal.
Sin embargo Valencia en esta época no destacaba en casi nada, y en lo relativo a la organización judicial, administrativa, militar, económica y demográfica persiste la tónica de ausencia de datos consistentes referidas al «País Valenciano». Es de destacar que no queda ningún rastro arquitectónico de las construcciones califales en la región levantina, “aunque la fama alcanzada por el palacio de Abd Alloh al-Balonsí en Russafa, haya inspirado excelentes páginas de la literatura andalusí”.
Pasando al aspecto militar del califato, se establecieron dos zonas Fronterizas (marcas)
Frente a los estados cristianos del norte, a cuyo frente estaba un general. La Marca Superior se centralizaba en Zaragoza y la inferior tenía su centro en Medinaceli.
El ejército estaba formado principalmente por tres contingentes:
- Una milicia permanente de mercenarios («hasham») que percibía una soldada, mandados por un «Sahib al-Hashom» y organizados en unidades de tropa regulares ( «murtaziqa»). Se reclutaban mercenarios bereberes, negros, esclavos, etc.
- Por las huestes reclutadas en caso de guerra entre los andalusíes sujetos a la prestación militar. Estas milicias se organizaban por grupos tribales («chund»), y mandados por el jefe de dicho grupo. Las principales huestes fueron las formadas por los “chundíes”, sirios, obligados al servicio de guerra por el disfrute en “iqtá” de una parte de los impuestos que pagaban tos “dhimníes”, es decir por sus beneficios o “feudos” militares, o parte de su regular soldada.
- Por los contingentes de voluntarios («mutaw’io») alistados para las grandes empresas guerreras (La Guerra Santa). A estas fuerzas militares se añadía la guardia personal del califa (“dai’ra”), Formada por siervos personales (mamelucos y esclavones).
Se estimo que el ejército estaría formada por unas 30.000 peones y unos 5 .000 jinetes aproximadamente. Según ciertas fuentes, disponían de 31.900 camellos, y unas 2.000 acémilas para transportar provisiones y enseres de batalla. Pero en tiempos de Almanzor (991) se abolió el sistema tradicional de reclutamiento del ejército por tribus, y encuadró a los árabes en diversos regimientos, sin tener en cuenta su ascendencia tribal. Así lograba un ejército más disciplinado y más coherente, llegando a sobrepasar los 70.000 hombres. Las armas más usadas por el ejército califal eran: arco, mazo, sable, hacha, pica. daga y lanza. La escuadra del Estado Califal se mejoró y llegó a disponer de unos 300 navíos, gracias a los astilleros y atarazamas que se construyeron en el sur del Andalus. La principal base naval fue la de la cora de Pechina (Almería). En el Mediterráneo Norte se mejoró el puerto de Tortosa. En nuestra zona, el puerto de Denia iba adquiriendo importancia tanto militar como para la exportación de productos. 
Es de destacar que durante este período y pese las repetidas guerras civiles no surgió en Valencia un partido que ansiara la independencia. Se mantuvo nuestra región con tres coras principales: La de Valencia, la de Játiva y la de Tudmir (Orihuela). En el terreno militar, parece ser que las guarniciones de la región tuvieron poca importancia y solamente parece destacar la movilización de 235 caballos de la cora de Tudmir en la expedición que llevó a cabo Almanzor en el 985 contra Barcelona. 
El Califato de Córdoba fue gobernado por la dinastía Bann U mayya, siendo su primer y más importante califa Abd al-Rahman III (912-961), le siguieron 11 califas más hasta que en el 1031 se abolió el califato.
Como conclusión, si bien este período fue muy floreciente para las ciudades andaluzas como Córdoba, Sevilla, Granada, Almería, etc., y las del valle del Ebro, no podemos decir lo mismo de las ciudades valencianas, que no adquirieron verdadero auge hasta la aparición de las TAIFAS, que aportarán las condiciones organizativas favorables para desarrollar la demografía con inmigrantes especializados, en el comercio, la artesanía, la agricultura, la administración, etc.
Dolores Orihuel García & Llorenç Bertomeu Banyuls