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Era hijo de padres moriscos. Su
padre murió en una reyerta que tuvo lugar en el Monte Oltá entre
calpinos y moriscos. Alí se hizo bautizar y pudo vivir como un
cristiano entre los calpinos, pero sólo en apariencia, procurando
no inspirar desconfianza y recelos.
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Él sustentaba secretamente el deseo y la
esperanza de vengar algún día la muerte de su padre. Así nos lo
describe el padre Llopis en su monografía Calpe. |
Vivía con su madre, aquella mujer que el pueblo conocía por "La Velleta de Toix'', que se dedicaba a las prácticas de magia, sortilegios y brujerías, cuyo nombre utilizaban los mayores durante mucho tiempo para amedrentar a los pequeños, diciéndoles: "Vindrá la Velleta de Toix, i mos papará a tu, a mi í a tots".
Moncófar oteaba constantemente la posible llegada por mar de "los suyos" para unirse a ellos en lucha contra los cristianos. Eran entonces muy frecuentes las incursiones de piratas argelinos en nuestras costas.
Cierto día divisó unas "fustas" que se dirigían hacia
nuestras playas y pensó que "era el momento", pero su madre, a
la que quiso informar de su proyecto, le hizo desistir:
"Alí, hijo mío, piensa que puedes morir en la lucha. Piensa que ya
nada podemos hacer para resucitar a tu padre, y piensa también que si tú
mueres, quedaré yo aquí sola, vieja y enferma. Medítalo, Alí, y verás
que no debes exponer tu vida. No te vayas, por Alá, quédate conmigo".
Estas reflexiones de su madre, a la que tanto quería, le hicieron
desistir, al menos por el momento, de su obstinado plan. "Mi madre
tiene razón" , pensaba, tras meditar la situación.
Pocos años después falleció la pobre vieja. Moncófar quedó muy
triste y solo en Toix. Tan solo, que pensaba si la vida para él valía o
no la pena vivirla No tenía sentido ni aliciente, llegó a pensar, y por
ello volvió a acariciar en su memoria aquella pertinaz idea de la
venganza.
Una mañana otoñal Moncófar divisó desde su casa el humo de una
hoguera que ardía en lfach, obra de¡ vigía permanente, y sabía que ésta
era la señal convenida: "Foc en Ifac, moros en la costa" y por
si ello fuera poco. oyó, aunque de forma casi imperceptible por la
distancia, el arrebatador sonido de las campanas de la Iglesia que alertaban
a los calpinos de¡ inminente peligro. Fijó sus Ojos en el confín de¡
mar y, efectivamente, vislumbró cinco "fustas" que navegaban
rumbo a nuestras playas.
Esta es mi hora, pensó Moncófar. Se acercan los míos y puedo
convertir en realidad mi sueño".Cogió el arcabuz que tenía de su
padre y empezó a descender de Toix bordeando los acantilados de Les
Urques, Les Canutes y La Manzanera, hasta llegar a El Passet. Allí se
detuvo un buen rato contemplando la aproximación de las naves y, cuando
consideró que era el momento propicio, bordeando la playa caminó hasta
Les Roquetes, que era el lugar donde se habían concentrado los calpinos
para intentar rechazar el desembarco de los moros.
Al llegar a dicho punto, dio un quiebro hacia el mar, en dirección a
las embarcaciones, pero, de pronto, se detuvo al oír la voz de un calpino
que le conminaba a que se uniera a ellos. Lo que ocurrió a continuación
figura suficientemente explicitado en el episodio que encierra El Parlamento.
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